Concurso literario Secundaria NAVIDAD 2018

EL DÍA QUE CONOCÍ A PAPÁ NOEL

No me gusta la Navidad. Hace tiempo que dejó de gustarme. Al pasar por las calles se oían voces de alegría de los pocos afortunados que la tenían. Para mí habían dejado de tener sentido. Si me diesen una moneda por cada cosa que me entristece en estas fechas podría comprar la comida que tanto necesito. Todo cambió cuando empezó la Guerra de los III Lustros. Así es, 15 años. Aunque a mí me parecieron muchos más. Desde ahí nuestra forma de ver el mundo cambió. Ya no era común celebrar nada y eso hizo que la última parte de mi infancia se desvaneciese como si de un puñado de arena frente al viento se tratase. ¿Entendéis por qué no me gusta? Creí que era algo por lo que luchar y estar agradecido pero se fue cuando las demás cosas que merecían la pena lo hicieron, se fue cuando más lo necesitaba.

Ahí estaba yo, pidiendo limosna a las puertas del edificio Rathor viendo si alguien se apiadaba de mí. Después de dos horas, después de las miradas de desprecio a las que estoy acostumbrada, apareció una sonrisa cálida en el frío de la noche. No recuerdo bien qué me dijo, pero al acercar el billete de 5 rublos vi una “X” rodeada por un círculo tatuada en su muñeca. Rápidamente, tapó el símbolo con la manga de su chaqueta roja. Al levantar mi cabeza vi su pelo blanco, seguramente teñido, ya que no tenía más de 20 años, cubierto por un gorro negro. Se fue casi corriendo no sin antes dedicarme la sonrisa más bonita que he visto en mi vida. Observando el billete que me había dado, me fijé en que había algo escrito: “Ven a la calle Hander 121 y no te metas en líos. Antes de las 2 de la madrugada de esta noche”. Sigo sin saber por qué le hice caso, pero a esas alturas no tenía nada que perder. Caminando por las calles céntricas que solían estar abarrotadas, ahora había un ambiente desolador completamente vacía. Todas las paredes estaban llenas de carteles de índole político a favor de régimen. A medida que iba avanzando veía todos los carteles tapados con el símbolo que tenía el chico tatuado en la muñeca. Y en mitad de todas esas observaciones vi la dirección encima del portal. “Calle Hander 121” pensé, respiré hondo y toqué el timbre. Un hombre vestido con un abrigo negro me acompañó por el pasillo.

-¿Te ha mandado él aquí? -preguntó.

-¿Quién? -respondí.

–Chaqueta roja, pelo blanco, gorro negro-.

–Sí -contesté.

Sabía que me estaba metiendo en terreno pantanoso pero no estaba dispuesta a vagar sin rumbo el resto de mis días.

–Hola, Amelia- .

¡El chico del pelo blanco sabía quién era! Tragué saliva y pregunté:

-¿Cómo sabes mi nombre?- .

Volvió a sacar esa sonrisa tan cálida que ya le caracterizaba. De repente, un recuerdo me vino a la mente: yo sola, perdida en mitad de la gente y alguien corriendo hacia mí.

-¡Amelia! ¡Huye!- gritaba.

A partir de ahí recuerdo un silencio sepulcral y un aire de ceniza nublándolo todo.

-¿Jake?- pregunté asustada.

–Sí, Amelia. Soy yo.

Jake era un chico que conocí cuando la guerra acababa de empezar. Su familia era de los altos cargos del régimen, aunque él en fondo se apiadaba de nosotros. Nunca le había visto sonreír, siempre creí que tal y como estaban las cosas nunca lo haría. Tenía el pelo negro y vestía con colores apagados. Fue la única persona que cuidó de mí cuando las cosas se pusieron feas, pero después de 5 años desapareció y ahora estaba delante de mí totalmente cambiado.

-¿Qué te ha pasado? -le pregunté.

-Vi cómo mi familia hacía atrocidades a gente inocente. No quería ser partícipe de eso así que me escapé. Cambié todo de lo que me habían convencido y me convertí en lo que quería ser: líder de la Resistencia-. Descubrió su muñeca y pude ver cómo me enseñaba orgulloso el símbolo que tanto me había intrigado.- Y quiero que lo seas conmigo-.

Mis sentidos se paralizaron.

–No soy el tipo de chica que necesitáis- sentencié.

Me levanté y me dirigí a la puerta. Sentí que alguien me agarraba del brazo.

Me giré y le vi tan cerca… mi corazón empezó a latir a mil por hora.

–Te equivocas. Necesitamos a gente valiente que quiera devolver la ilusión a un mundo que la necesita tanto. Vamos a luchar por la ilusión, por el derecho a la felicidad, por esos momentos tan bonitos que se daban en estas fechas. Vamos a luchar y lo vamos a hacer juntos.

Allí me di cuenta que merecía la pena luchar por cambiar el mundo. Que sin ilusión no somos nada. Viendo a Jake me vino a la mente la imagen de Papá Noel. Vestido de rojo con el pelo blanco y, lo más similar, la intención de traer alegría y felicidad a una sociedad a la que le hace mucha falta. Ese fue el día que conocí a la persona que traería unión, fue el día que recordé lo que era la ilusión y donde conocí lo que realmente querían decir las fiestas que me gustaban tanto. Ese fue el día que conocí a Papá Noel.

Soy Amelia Martínez y voy a salvar el mundo, más convencida que nunca.

Daniela P. (2º ESO)

LA NAVIDAD EN QUE CONOCÍ A PAPÁ NOEL

Era mi quinta Navidad. Toda la ciudad estaba decorada con luces, guirnaldas, flores rojas y estrellas. El hospital también estaba decorado. Mi parte favorita era el gran árbol de Navidad que había en la entrada y el lazo que estaba en el mostrador justo debajo de una amable enfermera siempre vestida de blanco.

Cuando mi madre y yo llegábamos, yo la saludaba, pero mi madre solo sonreía débilmente. Después, subíamos a la tercera planta, a la habitación 328, donde encontrábamos a mi padre tumbado en la camilla. Mi madre se sentaba en la incómoda silla a su lado, mientras que yo, tras darle un beso y preguntarle cómo estaba, me iba a pasear por el hospital. No me gustaba ver a mis padres tristes.

Un día de diciembre, estaba volviendo a la habitación cuando oí a los médicos hablar con mi madre. Ya había escuchado lo que a mí me parecía la misma conversación muchas veces: que había empeorado, nombres raros de medicinas, que harían lo que pudieran… Pero esa vez fue diferente, escuché una palabra que conocía, pero nunca la había oído en esa conversación: “muerte”.

Esperé un rato más escondido tras una columna hasta que vi a los médicos salir; fue entonces cuando entré en la habitación como si no hubiera escuchado nada. Mi padre estaba dormido y mi madre, pálida. Cuando me vio, ella también hizo como si no pasara nada. Los adultos creen que los niños pequeños no entienden de sentimientos, pero precisamente es de lo que mejor entienden. Abracé a mi madre y me dijo que tendríamos que quedarnos allí unos días, pero no me explicó por qué. Tampoco pregunté.

Al cabo de unos días, empecé a ver a gente pasar con regalos y al principio no los entendí, así que pregunté a la enfermera de la entrada. Me explicó que era Nochebuena y que esa noche vendría Papá Noel, pero no me hizo mucha ilusión. Di mi paseo habitual hasta que llegué a la habitación 328 bien entrada la tarde. Mis padres ya estaban dormidos, por lo que me tumbé en el sofá naranja e hice lo propio. Siempre recordaré lo que soñé esa noche: estaba en mi casa y me desperté el día de Navidad para encontrar una montaña de regalos bajo el árbol. Iba corriendo a la habitación de mis padres y despertaba primero a mi madre, sin embargo, al decirle a mi padre que había venido Papá Noel, no se despertaba, no se movía. De repente, se desvaneció.

Me desperté sobresaltado y llorando. Salí corriendo al pasillo y, para mi sorpresa, choqué con un gran abrigo rojo. Miré hacia arriba y observé una larga barba blanca y una arrugada cara. Al verme llorar, Papá Noel me preguntó qué me pasaba y yo se lo expliqué todo: que mi padre estaba enfermo, que mi madre estaba muy triste, la palabra que pronunció el médico… Él me dijo que no me preocupara, que la magia de la Navidad lo arregla todo y que él se ocuparía personalmente de que mi

padre se recuperara. Cuando me calmé, le di las gracias y volví al sofá, deseando decirle a mi padre lo que había pasado.

Dos meses más tarde, mi padre estaba saliendo del hospital y yo solo se lo podía atribuir a Papá Noel, que había cumplido su palabra y lo había salvado. No fue hasta muchos años después cuando me di cuenta de que aquel hombre venía de visitar a los niños de la parte infantil del hospital.

Sofía A. (3º ESO B)

EL DÍA QUE CONOCÍ A PAPÁ NOEL

Todos esperábamos con ansia que llegara el día 21 de diciembre porque empezaban las vacaciones de Navidad. La verdad es que nos han gustado siempre todas las vacaciones, las de verano, las de Semana Santa…, pero las de Navidad siempre han sido algo especial, entre otras cosas por los regalos. No sé qué tendrán los regalos de Navidad que desde pequeño y aunque vayas creciendo, siempre te hacen mucha ilusión. Esa mañana había nevado, así que pudimos tener una batalla de bolas de nieve entre los compañeros de clase y algún profesor que quiso unirse al combate. La cuestión era reírnos y pasarlo muy bien disfrutando de ese momento que recordaríamos toda la ESO. A la una y media terminaban las clases, inexistentes esa mañana, no sin antes haber comido un trozo de pizza y un poco de turrón y, lo mejor de todo, haber estado en una sesión de magia protagonizada por el Sr. Klauss, un antiguo conocido del colegio y de todos sus alumnos y que ya nos venía enseñando un montón de cosas sobre educación vial, sobre astronomía, sobre animales, etc.

Nos asombraba que alguien pudiera saber tanto de temas tan variados y transmitirlo de esa forma tan agradable y simpática, consiguiendo dibujar una sonrisa en nuestra cara. Ese señor era un sabio ante el que daban ganas de sentirse como si fueras pequeño para tirarle de la gran barba que tenía. Aquella sesión de magia nos dejó a todos muy asombrados y aquel señor nos insistía en tener siempre ilusión por lo que hiciéramos y que la palabra “imposible” era sólo una palabra que alguien se había inventado para fastidiarse el día.

A las 13:30 h. salíamos del instituto y el Sr. Klauss se despedía de nosotros hasta otro día, con una sonrisa y diciendo: “Feliz Navidad” y un “jo,jo,jo”. Daban comienzo nuestras vacaciones de Navidad y la Nochebuena y el día de Navidad estaban muy cerca. El día 24 por la tarde quedamos un grupo de amigos para ir de casa en casa a felicitarnos las fiestas. Llevábamos panderetas y cantábamos villancicos mientras recorríamos las calles, al pasar delante de un almacén oímos ruidos y vimos luces resplandecientes tras los ventanales. Llevados por la curiosidad nos asomamos para ver el interior y allí pudimos ver con sorpresa al Sr. Klauss.

Estaba vestido con un traje rojo y un gorro, ¿estaría preparando algún nuevo número de magia? No quisimos entrar a saludar para no molestarle, ya que era algo tarde ya, así que continuamos nuestra marcha entre risas y canciones. Pero según nos íbamos, escuchamos el ruido de algunos animales y el de unos cascabeles y una voz que decía: “jo,jo,jo”. Vimos salir del almacén a lo lejos a… ¡¡¡Papá Noël!!! Sí, eso es, el Sr. Klauss era Papá Noël…

Nos fuimos a nuestras casas muy emocionados al saber que habíamos conocido a Papá Noël. Y al final nos quedamos todos dormidos esa noche esperando que al despertar estuviesen todos los regalos que habíamos pedido.

Elena V. (3º ESO A)

UN ENCUENTRO INESPERADO

El día que conocí a Papá Noel no me lo esperaba por dos cosas: por la ínfima posibilidad de encontrármelo y por la época del año. Fue en verano. ¡Verano! Eso sí que es inesperado. Yo no sabía que tenía vacaciones pero, si solo trabaja un día al año, tiene sentido. Me lo encontré en una playa en el Caribe. No me preguntes por qué, pero sabía que era él. Era un hombre de edad avanzada, pelo cano, ojos pequeños pero alegres y sinceros, mofletes sonrojados y arrugas, pero de sonreír. No era muy alto, pero robusto cual monte. Se notaba su longevidad, pero se movía como si de un joven se tratara. Tenía brazos y manos musculosas por el trabajo, pero una barriga le sobresalía. No iba vestido como en todas las imágenes suyas, sino de una forma de su traje original más formal. Llevaba una camisa roja y blanca, en la cabeza nada más que cabellera blanca y unos vaqueros desteñidos. Al no ir muy vestido se veía su piel clara y cuidada. No iba acompañado.

De repente, se dio cuenta de que le miraba y se volvió hacia mí. Me percaté y aparté la mirada, pero tarde. Cuando llegó, vi que su estatura no era como creía ser, sino que me sacaba por lo menos una cabeza. Me miró y entendí por qué creía que era Papá Noel. Cuando se me acercó, el cálido clima caribeño bajó su temperatura, pero de una forma confortante. Me dijo: 

-Creo que me has reconocido, pero eso es lo que intento que no pase. Todos piensan que estoy en Laponia trabajando, pero hace mucho frío en ese lugar y aquí el clima es más cómodo. Procura no decirle a nadie esto.

Yo asentí, sin palabras, no solo por las palabras, sino porque su ropa real parecía una segunda capa que estaba cambiando en todo momento a un esmoquin, a un chándal y a su uniforme o vestido original. Tenía que ser magia ya que su ropa parecía transparente enseñando su uniforme original por debajo.

-Y una cosa más…

Y desapareció.

Yo he procurado nunca contar esto por miedo a esa última advertencia. Esto pasó hace eso de dos años. Siempre he estado pensando qué podría decir eso hasta ahora.

(letra de Papá Noel) -Y una cosa más…

¡Feliz Navidad!

Martín V. (4º ESO B)

EL DÍA QUE CONOCÍ A PAPÁ NOEL

Era un día espantoso, el viento soplaba fuerte y la nieve no paraba de caer. Apenas podía ver entre la espesa niebla pero pude distinguir cuatro sombras. Me acerqué y vi a un hombre llevando en la espalda a un niño y con otros dos llevados de la mano. Se le veía cansado, así que ofrecí mi ayuda. Me contó que los niños se habían perdido y que les estaba ayudando a volver a casa con su familia. Nunca había visto a un hombre tan alegre de ayudar a alguien, parecía que le encantaban los niños. Llegamos a la casa de sus padres y los dejamos. Nada más irnos me invitó a comer a su casa. Yo acepté encantadamente.

Cogimos un atajo y por fin llegamos a su hogar, una casa de un piso muy sencilla y acogedora. Al lado había ruinas de lo que fue un edificio. Le pregunté acerca de eso y me dijo que era fabricante de juguetes solo que una tormenta arrasó su taller. Pasamos dentro y comimos un buenísimo cocido que había preparado ayer. Me fijé en que en una de sus estanterías del salón había una foto de un hombre muy regio y formal, y a su lado un cochecito de madera.

-Ese es mi padre, él me regaló ese coche de madera cuando mi madre falleció. Mi sueño es que todos los niños tengan algo con lo que jugar y divertirse aunque ahora que no tengo el taller, lo veo difícil.

Se hizo tarde, así que me despedí y me fui a mi casa. Durante el camino me di cuenta de lo alegre que estaba. Definitivamente haber estado con ese hombre me había avivado el corazón. Llegué a casa y me eché a dormir.

Al día siguiente me desperté alegremente, estaba nublado pero como si fuese soleado. Entonces se me ocurrió una idea, cogí la caja de herramientas de mi padre y me dirigí a casa de aquel hombre. Cuando llegué se sorprendió mucho, pero se sorprendió aún más cuando le dije que íbamos a reconstruir su taller.

Pasaron los días y cada uno que pasaba era como si mi vida fuese adquiriendo color. Ese hombre tenía algo mágico. La tarde que terminamos de reparar el taller nos miramos fijamente a los ojos y nos besamos como si no hubiese un mañana.

Aunque habíamos terminado las obras, pensamos en expandirlo un poco más. Un día estábamos recolectando madera y agrupándola cuando un pequeño ser se acercó a nosotros, le dimos de comer y le bañamos. A la mañana siguiente había desparecido.

Seguimos ampliando el taller y buscando material cuando oímos ruidos en el bosque. De repente, miles de esos seres pequeños vinieron a ayudarnos a construir. En unos meses ya teníamos un enorme complejo donde vivir y trabajar. Compramos unos renos mágicos y un gran trineo donde mi gran hombre pudiese viajar. Esa noche era muy oscura y apagada pero fue como si hubiese nacido una gran y luminosa estrella.

Al día siguiente niños gozosos salieron a jugar con sus juguetes. Nadie sabía qué había pasado pero su alegría era enorme.

Muchos niños dicen que han visto a Papá Noel, pero solo hay una persona que puede decir que le ha visto y le ha cambiado la vida para siempre. Yo, Mamá Noel.

Carlos D. (4º ESO A)

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